Los niños mayores adoramos las cuevas. Debe ser como querer descubrir el vientre materno, la vida, lo oscuro y escondido. Mi primer cueva fue un refugio de la guerra civil que estaba enterrado en la zona de Montemolín en Zaragoza.
Los vecinos mayores lo recordaban como un agujero, más que como una cueva o un sótano, más como un pasillo debajo de un campo, que como un refugio de verdad. Y decidimos buscarlo tras haber escuchado historietas, en lo que hoy son unos jardines junto a la entrada de un Ambulatorio de Salud de zona.
Aquel solar era público y estaba sin vallar, llenos de escombros y de maleza. Pero el hueco de entrada al fin del mundo se mantenía aparente, pues era la zona en donde las hierbas eran más profundas y altas, como si nadie nunca las hubiera querido segar. Y efectivamente, tuvimos que desbrozar aquella zona. Tendríamos unos 13 años de edad.
Al fondo de los arbustos, entre el suelo de aproximadamente un metro de profundidad sobre el nivel del campo se adivinaba una posible entrada a la tierra. Era como buscar el fondo del mar, del campo, del barrio. Era intentar adentrarnos a un lugar oscuro en donde nadie de los presentes había entrada nunca.
Limpiar aquello no llevó unos días, pero había que limpiarlo poco, sin miramiento en hacerlo bien, sin que se notara que estábamos buscando una entrada, un espacio, un lugar. Hablo del año 1969 posiblemente, es decir, por entonces la policía era de otra manera, y mucho menos capaz de entender de solares vacíos de barrio. Los niños jugábamos en la calle. Todavía.
La entrada al abrirla era diminuta, de unos 40 centímetros de altura pues los escombros habían tapiado todo aquello. Ladrillos, enrona, basuras, cascotes sin color, hierbas, y una pequeña abertura que parecía llevar al fin del mundo. Había que adentrarse por ella, pues era imposible limpiar los escombros para hacer más hueco.
Entramos tumbados sobre el suelo, arrastrándonos por las piedras y ruinas, buscando adentrarnos sobre lo muy oscuro, sin saber si realmente aquello no sería ya, con toda seguridad, el fin del mundo zaragozano.
Una mala linterna nos alumbraba. La del Jesús, Al primero que entraba más que al segundo que solo iba a rebufo, arrastrándose por detrás de los pies del primero. Yo iba el primero. No por valentía, muy posiblemente por ser el más tonto de los dos.
Tras pasar la entrada de menos de medio metros de hueco en altura, bajando desde ese espacio estrecho y por el que solo podían entrar críos delgados con ganas de jugar con el peligro, penetramos en una sala llena de mierdas secas llenas de polvo, de más escombros, pero al menos con un metro de altura. No había escaleras, o no las percibimos, o no las recuerdo casi 60 años después. Había ganas de conquistar el mundo subterráneo. Eran nervios por encontrarnos con el más allá histórico.
El atasco estaba en la entrada, dentro no parecía que hubiera ni ratas. O se acojonaron más que nosotros. No las detectamos, pero sabíamos que podrían salir a recibirnos. Éramos avispados cazadores de serpientes de acequia, de sapos y lagartijas, de roedores pequeños o topillos. Y habíamos hablado de que podrían salir, para lo cual íbamos muy preparados. La defensa era gritar más fuerte que ellas, para asustarlas.
Debía ser invierno, por lo que os voy a contar luego. El caso es que esperábamos encontrarnos una imagen guerrera, un congelador de los tiempos de la guerra civil, una biblioteca sin libros pero de otros tiempos. Y lo que encontramos fue mucha guarrería. En aquella habitación de posiblemente no más de unos veinte metros cuadrados según la memoria que conservo, solo había mierda. No encontramos balas ni ropas, muebles ni papeles, y decidimos salir a los pocos minutos.
Ya de vueltas en la calle, levantados y no tumbados, vino el desastre. Yo llevaba una gabardina corta, tipo tres cuartos de color claro, y mi amigo ya en la calle me avisó estrepitosamente. Toda mi espalda estaba negra de humo. Pero negra de verdad, no gris. ¡¡Uff!! Y enseguida intentamos restregar la tela sintética, agitar, soplar, para intentar disimular el desastre. No fue posible.
Aquella entrada estaba profundamente quemada, llena de humo en sus techos por los que nos arrastramos, y nos había destrozado el color de las prendas. Las de Jesús, que era mi amigo no tanto, pues llevaba jersey gordo azul marino, pero mi gabán de color claro era para delatarme sin excusas. ¿Y cómo le contaba yo a la Pilar? ¿qué explicación buscaba ante aquel desastre? La Pilar era mi madre.
No podía decirle en donde me había metido, pues era peor. Más miedo para ella, que se pensaba que su hijo mayor era serio y responsable. Incapaz de ponerse en peligro. Así que con 13 años opté por el camino de en medio. Le dije que me la había dejado en el colegio, y que cuando había vuelto me lo habían robado. El pelo, la cabeza me olía a fogata, a sardinas asadas y frías, a asco. Yo creo que por la cabeza, mi madre sospechó que le estaba mintiendo.
Nunca más volvimos, y con los años, cuando pasamos por ese lugar siempre lo miro y me pregunto si todavía estará debajo del suelo aquel hueco negro o si ya lo habrán resuelto al hacer los edificios que rodean los jardines actuales. Seguramente eso.
